GP de Mónaco F1 1984: Senna deslumbra al mundo

Hoy se cumplen 35 años de la prodigiosa exhibición de Ayrton Senna en el Gran Premio de Mónaco 1984. La sexta cita de aquella temporada siempre será recordada por la asombrosa hazaña del piloto brasileño que no ganó la carrera, sino que terminó segundo. Tuvo lugar un inolvidable 3 de junio, fecha en la que se vivió una de las mejores carreras de la Historia.

 

 

Aquel día, el debutante paulista apodado Beco impartió una memorable lección bajo un diluvio torrencial. Las calles del Principado, uno de los trazados más peligrosos y exigentes del Campeonato, convertidas en un escenario infernal, desafiaron al inexperto corredor.

 

Un novato en un circuito inundado

Para poner en valor la gesta de Ayrton Senna en el Gran Premio de Mónaco 1984 se deben recordar algunas cuestiones. En aquella época los monoplazas carecían de sistemas de tracción y de ayudas electrónicas a la conducción. Obviamente, la caja de cambios manual obligaba a emplear continuamente la mano derecha para cambiar de marcha.

 

 

Por supuesto, la dirección no era asistida, con el esfuerzo físico que ello requería. Además, la entrega de potencia con unos motores turbopropulsados resultaba brutal. Por ello, el corredor debía abrir gas con el pulso de un neurocirujano para no terminar contra los muros. A ello se unía el difícil trazado. Las protecciones del Principado se convertían en una amenaza constante.

En esas circunstancias, Ayrton Senna debía afrontar su sexta prueba en la Fórmula 1. Como herramienta de trabajo contaba con el modesto Toleman-Hart TG184. Como sucedía con cualquier bólido de la época, sus 600 caballos desbocados resultaban complicados de embridar en cualquier pista.

 

 

Ya en la sesión de clasificación oficial, Ayrton Senna ofreció los primeros destellos. Marcó el decimotercer mejor tiempo, cinco plazas y casi un segundo por encima de su compañero de equipo. Pero, el plato fuerte estaba por llegar apenas veinticuatro horas después.

Día de la carrera: el diluvio universal

El domingo amaneció bajo una fina lluvia que se fue intensificando a lo largo de la mañana. A la hora de la carrera, un fortísimo diluvio se había instalado sobre el circuito.

Esta delicda situación obligó a verter agua en el túnel, tratando de equiparar las condiciones de adherencia del asfalto en dicho punto con las del resto de la inundada pista de Montecarlo.

 

 

Bajo estas complicadísimas circunstancias climatológicas y deportivas se inició la carrera. Alain Prost partió desde la primera plaza con su todopoderoso McLaren. Sin embargo, el francés perdió esa posición en beneficio del Lotus-Renault de Nigel Mansell. Pero, el espectáculo se encontraba más atrás.

Una remontada asombrosa

Ese novato brasileño comenzaba a superar rivales con suma facilidad.  Apoyado en una calidad  y arrojo inusuales, Senna estaba compensando su evidente inferioridad mecánica. ¡Qué modo de rodar a milímetros de los guardarraíles!

Unos giros después, concretamente en el quince, Mansell quedaba fuera de combate. Había perdido el control de su Lotus y las opciones de éxito. Eso le permitiría disfrutar tranquilamente de la actuación de Senna y de otro sorprendente debutante: Stefan Bellof.

 

 

Aprovechando la enésima colisión del británico, los McLaren de Prost y Niki Lauda se ponían -en ese orden- en cabeza. Entonces sucedió algo extraordinario.

Ayrton Senna en el Gran Premio de Mónaco 1984 estaba acosando al entonces bicampeón del mundo austriaco, quien por cierto, a finales de año lograría su tercera corona. Tras una vibrante persecución y merced a un exterior impresionante, superó al vienés en Santa Devota.

 

Prost y una decisión polémica

El paulista casi había culminado una remontada mágica. Su ritmo demoledor le permitía recortar entre dos y tres segundos a la cabeza y marcar la vuelta rápida de la prueba. Así, en la vuelta treinta ya había establecido contacto visual con Prost. Éste le aventajaba en unos 4,5 segundos.

 

 

Ante la inminente llegada de Ayrton Senna en el Gran Premio de Mónaco de 1984, el francés alzó los brazos advirtiendo del mal estado del asfalto. En un principio, el director de carrera Jackie Ickx, ignoró al francés. Pero en el siguiente giro, obedeció las insistentes consignas del compatriota y amigo de Jean Marie Balestre, Presidente de la FIA por aquel entonces.

 

 

El brasileño, enfurecido por la maniobra del francés, le superó en la línea de meta y dio la vuelta de honor como si hubiera ganado. Sin embargo, el triunfo sería para Prost.

El reglamento determinaba que tras una bandera roja, el vencedor era el corredor que cruzara la meta en primera posición durante la vuelta anterior. El gesto serio de Senna en el podio denotaba su decepción por haber perdido de un modo injusto la que habría sido su primera victoria en la Fórmula 1. Había estrenado su palmarés de podios, pero como diría años más tarde: “El segundo es el primero de los perdedores”.

 

Nacía una estrella

A pesar de aquel amargo segundo puesto, la heroicidad de ‘Beco’ no pasó inadvertida. El paddock quedó rendido ante su portentosa actuación. En ese sentido, James Hunt, campeón de F1 en 1976 y comentarista de la carrera para la televisión británica, afirmó que ese chico tenía madera para hacerse con el título. No se equivocó.

 

 

Senna demostró que, ante un asfalto convertido en una piscina, sabía domar un monoplaza que se deslizaba como si circulara sobre una pista de hielo. Y no solo eso, sino que su ritmo fue netamente superior al de cualquier experimentado rival.

 

 

Obviamente, jamás había competido en Montecarlo. En aquella jornada, dejó claro que sabía superar los límites mecánicos de su coche y de las leyes de la Física.

Nacía así el mito de Ayrton Senna. Un ídolo que 25 años después de su muerte continúa inspirando a las generaciones de pilotos noveles y grandes figuras contemporáneas como Lewis Hamilton. Por cierto, su récord de seis victorias en Mónaco se mantiene imbatido.

 

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