INDYCAR | Cuando Alonso volvió a sentir la competitividad

por H. Mayor – foto: Reuters

Tres últimos años de sinsabores, especialmente la pesadilla del presente, y una presencia en la parrilla hoy del todo irrelevante para las grandes lides. Sí, pero en esas circunstancias muy pocas figuras tienen el tirón que hace que todo un país (España) se traslade a mirar con máxima atención una prueba que nunca antes había despertado interés de ningún tipo. Y Fernando Alonso confirmó en las míticas 500 Millas de Indianápolis que no iba de comparsa ni en busca de distracciones de un año para olvidar en la F1. Con una preparación muy ajustada de tiempo, el allí rookie español fue protagonista, gobernó la prueba durante varias fases y bordeó el triunfo final, de no ser por la retirada a 21 vueltas ocasionada por otra avería de motor. Ese gafe sí que parece seguir viajando con él allá donde va.

Hasta que su motor Honda (otra vez Honda) dijo basta, el piloto español firmó una carrera vibrante y competitiva, exhibiendo capacidad técnica, personalidad y gestión cuando la máquina sí acompaña. No tuvo reparos en ceder posiciones en la salida y aclimatarse al entorno del mítico óvalo norteamericano en el arranque, sin perder nunca la vista de la cabeza. Poco a poco fue escalando posiciones hasta alcanzar el liderato en la vuelta 29. «Se mueve como pez en el agua», comentaban en la ESPN.

Sus mejores momentos pasaron a otro plano con el escabroso accidente del poleman Dixon, su coche por los aires y media hora de interrupción. Era la vuelta 55 y poco después, otro accidente, no tan trágico, de Daly, volvía a parar la prueba. Un nuevo escenario que dificultaba la estrategia y colocaba nuevos oponentes en la cabeza: Hunter-Reay y un viejo conocido como Alexander Rossi.

Prueba vibrante

La prueba estaba resultando vibrante. Con el gancho de Alonso, muchos espectadores iban descubriendo la magia tan particular que tiene la IndyCar, ese óvalo donde siempre están sucediendo cosas. El voraz adelantamiento a toda una leyenda como Kanaan fue el último gran golpe del Alonso antes de la retirada prematura por avería de motor, en la vuelta 179, rozando ya el desenlace.

Otro español, Oriol Servià, se metía de lleno en la pomada por entonces, igual que dos viejos conocidos de la F1 como Takuma Sato y Juan Pablo Montoya. El japonés, en una discreta pero firme segunda línea toda la carrera, daba el golpe final y hacía historia. Alonso lo vio desde boxes y con ese regusto amargo que mejorará con el paso del tiempo. Recuperar la sensación competitiva y, por el camino, devolver la ilusión a miles de seguidores en su país. No todo es clasificación, esas sensaciones tienen un valor incuantificable, aunque sólo sean unos instantes. La pesadilla de la F1 está ya de vuelta en el presente.

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